La Carrera

Amanecí con el presentimiento de que hoy va a ser el gran día, por fin nos dirigimos a la zona de reunión. Los competidores somos muy numerosos, nos apretujamos por los pasadizos tratando de conseguir una buena posición de partida. Entre tantos, seguro que hay muy buenos nadadores y no será nada fácil ganarles.

Ya he superado el período de preparación en el que adquirí una buena forma física; estar en forma es primordial para competir. Los días de arduo entrenamiento han dado sus frutos, he recorrido los trayectos preliminares un sinfín de veces. En las ocasiones en que coincidí con algún oponente en el recorrido, he puesto a prueba mi velocidad con resultados satisfactorios, han sido muy pocos los que lograron emparejarme.

Ahora estamos en el sitio de concentración, es un espacio amplio, pero somos muchos los contendientes, demasiados diría yo. Nos movemos para entrar en calor, es molesto cruzarme a cada rato con algún otro que se interpone en mi recorrido, pero debo estar preparado para cuando arranque la carrera. Nos desplazamos de un lado a otro a la espera de la señal de partida; según las reglas, debemos permanecer nadando hasta que comience la carrera. Dentro del dique las aguas están calmas, pero vaya uno a saber con que nos encontramos al salir al exterior. Va a ser un recorrido muy complicado, sobre todo porque los organizadores no nos han informado nada acerca del mismo. Sabemos cual es la meta, pero para alcanzarla, además de nuestra velocidad y resistencia, debemos tratar de  seguir el rumbo correcto.

La compuerta se abre y un violento torbellino nos arrastra hacia la salida. Me ha sorprendido, no esperaba un arranque tan brusco, estoy desorientado, me dejo llevar por la corriente. Cuando por fin me estabilizo, comienzo a nadar siguiendo el flujo del recorrido, hay unos cuantos delante mio, debo esforzarme bastante para alcanzarlos. He adelantado a varios, pero aún son numerosos los que me superan; llegamos al extremo del canal y ahora nadamos por un espacio más amplio y sin corriente.

En esta nueva etapa hay otro problema, además de mantener la velocidad, debemos orientarnos bien; ya no hay un flujo que nos guíe en la dirección que debemos seguir. Trato de mantener el mismo rumbo que llevaba en el canal, somos unos cuantos los que estamos nadando en la misma dirección. Hay algunos que se desvían hacia los lados, otros describen curvas o zigzaguean con evidente desorientación. Sigo nadando con todas mis fuerzas, logro adelantar a otros más antes de llegar a la entrada del estrecho, por el que debemos continuar el recorrido.

La mayoría no ha llegado a la entrada, pero aún somos numerosos los que avanzamos por el estrecho. Algunos que van a mi lado están perdiendo empuje, le fallan las fuerzas y los dejo atrás. El espacio por el que nadamos se vuelve más amplio, me puedo mover con más libertad, sin la interferencia de los otros competidores. Sigo avanzando junto al resto del grupo que encabeza la competencia, pero no logro despegarme del pelotón.

Las cosas se complican, hay una bifurcación. No hay ninguna referencia que nos indique el camino correcto. Decido ir por el canal de la izquierda, si me equivoco no habrá otra oportunidad. Somos varios los que hemos elegido esta ruta, trato de adelantar al que me precede, pero en cuanto me acerco acelera. Ahora, el canal por el que nadamos se ha estrechado, no hay manera de alcanzar a los de la punta, el que va delante mío parece una máquina. Tengo la tentación de aumentar mi ritmo, pero si consumo demasiada energía perderé fuerzas al final. Eso es lo que le está sucediendo al que estoy siguiendo, su ritmo disminuye, puedo pasarlo sin mucho esfuerzo; pero aún quedan algunos que me llevan la delantera.

Calculo que estamos llegando al tramo final, aún quedan tres delante mío. Si estoy en lo correcto, puedo hacer un esfuerzo extra para cubrir la última parte del recorrido. Pero, si me equivoco, gastaré todas mis reservas y perderé la carrera. Debo tomar una rápida decisión; prefiero perder haciendo el último esfuerzo, que ser derrotado por no intentarlo. Además, si en la bifurcación elegí el camino equivocado, dará lo mismo; la carrera estará perdida de todas formas. Lo he decidido; utilizaré toda mi energía para lograr la máxima velocidad.

Estoy dando alcance a la pareja que tengo por delante, el chico trata de aumentar la velocidad, pero se desvía en el intento y termina contra un borde del canal. Estoy entre dos chicas, logro sobrepasar con mucha dificultad a la que va más retrasada,  pero la otra parece inalcanzable. No creo que me queden muchas reservas de energía, pero no puedo bajar el ritmo. Por desgracia, no solo no logro acercarme, sino que esa nadadora vertiginosa se aleja cada vez más.

Por fin veo la meta, sigo en segunda posición, ella no afloja el ritmo. Tendré que hacer un esfuerzo supremo, es mi última oportunidad, es una situación desesperada. Casi estamos llegando, siento que mi energía se agota, pero es ella o yo. Con mi último aliento aumento más la velocidad, logro emparejarla. Con su entusiasmo por llegar primera, no se percata de mi presencia. Utilizo las últimas moléculas de energía y doy el empuje final para alcanzar la meta. A mi llegada logro romper la barrera, por una milésima de segundo mi contrincante se queda a las puertas del triunfo, estoy feliz de haberla superado, pero no deja de apenarme su derrota, podría haber sido mi hermana. Paso la línea de meta, ya sin fuerzas, solo por inercia me dirijo al podio, he vencido.

Una vez en el olimpo del vencedor, tomo conciencia de la fecundidad de mi triunfo. Esta victoria cambiará por completo mi existencia. Ahora lo puedo proclamar a viva voz: He ganado la carrera de los espermatozoides.

© Rolo Graziano – 2019