El Perro

El hombre se apeó de su coche de gama alta, abrió el maletero y, un acumulo de cariño y lealtad envuelto en una capa peluda de color blanco y negro se irguió en sus cuatro patas, emitió un ladrido de alegría y saltó a tierra junto a su amo. El hombre, seguido por su fiel compañero, caminó unos veinte metros hasta un bosquecillo, se detuvo en medio de los árboles, extrajo un par de salchichas de una bolsa y las puso en el suelo. El feliz cachorro se lanzó a devorar el imprevisto banquete; mientras tanto, el hombre se alejó a paso rápido hacia su automóvil, subió, lo puso en marcha y partió a gran velocidad.

Al llegar a casa, interrogado por su esposa, le informó que había dejado al perro en el campo a más de treinta kilómetros. A los niños les dirán que se quedó en un hotel de perros y que cuando vuelvan de las vacaciones lo van a pasar a recoger. Al día siguiente el matrimonio y sus dos hijos marcharon hacia una ciudad en la costa.

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“¿Qué es lo que traes en brazos?” pregunta la mujer a su marido que acaba de llegar.

“Un perrito, busca algo para darle de comer, está hambriento”.

“¿De dónde lo sacaste?”

“Hace varios días que está a las puertas de la casona de aquí a la vuelta”.

“¿Cuál, la de los ricachones esos?”

“Si, un vecino me dijo que marcharon de vacaciones y a los pocos días apareció su perro en la puerta de la casa. Míralo, está hecho una piltrafa, tiene las almohadillas de las patas todas llagadas, seguro que estuvo caminando mucho, no debe haber comido en varios días, está en los huesos”.

“En la nevera tengo pechugas de pollo, voy a prepararle una; ponle una pota con agua, seguro que también tiene mucha sed”.

Luego de recomponer el maltrecho cuerpo del cachorro con los alimentos y consolar su espíritu con un cúmulo de caricias, le dieron un baño que quitó la costra de tierra de su pelambre y lo volvió a convertir en un peluche blanco y negro. Más tarde, cuando llegaron las niñas de la colonia de vacaciones, se encontraron con su nuevo compañero. Las dos competían por tenerlo en brazos y el cachorro se esforzaba por lamer esos rostros felices de sus nuevas amigas.

Al día siguiente, toda la familia acompañó a su nuevo miembro a la clínica veterinaria. Luego de examinarlo, curar sus almohadillas y verificar que no tenía microchip, el veterinario les indicó una pomada para las patas, les recomendó una dieta y los citó para vacunar al cachorro un par de días más tarde.

Pasada una semana, el ya bautizado Lucky, formaba parte de la familia de manera oficial; su pasaporte, microchip y vacunas lo acreditaban. Salía a pasear feliz con sus nuevos amigos, jugaba a la pelota con las niñas, enseguida se acostumbró al arnés y la correa. Pero, era imposible hacerlo subir al coche, la experiencia traumática había quedado marcada en su memoria y en su raciocinio canino, el coche era sinónimo de abandono. Sus amos no insistieron en los paseos motorizados, en cuanto fuera posible consultarían a un etólogo para ayudar a Lucky a superar sus fobias.

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Al regreso de las vacaciones, el hombre y su esposa acuerdan decirle a los niños que el perrito se escapó del hotel donde lo habían dejado. Ante la contrariedad de sus hijos, los padres les dicen que con seguridad alguien lo encontró y lo está cuidando. Pero eso no convence a los niños, por lo que deciden regalarles la nueva consola de videojuegos que ellos tanto deseaban. Entusiasmados con su nuevo artilugio electrónico, los chicos pronto se olvidaron del cachorro.

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Luego de casi un año, Lucky ya era un perro hecho y derecho. Bajo la dirección de la etóloga la fobia automovilística había sido controlada y algunos fines de semana, toda la familia se iba de excursión en el coche. Una vez superada la convulsa edad de cachorro, Lucky se convirtió en un perro juicioso y reposado; por ese motivo su actitud esa noche resultó incomprensible. Los despertó a las tres de la mañana con sus aullidos, tiraba de las mantas para que las niñas y sus padres salieran de la cama, estaba muy inquieto. La familia no entendía nada, hasta que la hija mayor recordó haber leído que los perros pueden predecir los terremotos. Se vistieron en forma apresurada, recogieron lo esencial y toda la familia subió al coche. Viajaron en dirección al valle, la zona montañosa donde vivían solía ser sacudida por temblores de vez en cuando, pero nunca nada amenazante.

El primer temblor fuerte los encontró en la carretera, a unos quince kilómetros de su casa. El padre detuvo el coche y permanecieron en silencio, bueno, no todos; Lucky seguía aullando. Las réplicas no se hicieron esperar, la primera muy fuerte y luego tres más con intensidad decreciente. La información que escuchaban en la radio del coche era alarmante, al parecer la ciudad en que vivían había sufrido grandes destrozos por el terremoto, cuyo epicentro estaba apenas un par de kilómetros de la misma.

Esa noche la pasaron en un hotel en el valle, a casi cien kilómetros de su ciudad, allí apenas se había sentido el temblor. Al día siguiente las autoridades permitieron regresar a los residentes que habían huido de la ciudad. No pudieron entrar a su casa, parte del techo había caído y los muros estaban rajados. Su vecino, que era dueño de Tom, el perro que solía jugar con Lucky, tampoco podía entrar a su dañada casa, les comentó que: “peor lo pasaron los ricachones de la casona de la vuelta, se derrumbó por completo y quedaron aplastados en su interior, si hubieran tenido un perro que los alertara como en nuestro caso, tal vez se hubieran salvado”.

 

© Rolo Graziano – 2019