El Evasor

Anselmo Pardales nunca pensó que se encontraría en una situación semejante; a sus sesenta y ocho años, luego de toda una vida de trabajo honrado, en la que comenzó como linotipista, tarea que desempeñó hasta que la evolución tecnológica, convirtió a su voluminosa máquina de transformar plomo en palabras en una pieza de museo. A partir de entonces y hasta su jubilación, tres años atrás, estuvo encandilando sus ojos con una pantalla, en la cual aparecían los textos que tenía que corregir y organizar.

A la espera que lo llamaran, estaba en ese pequeño cuarto sentado en un banco de madera, recordando su desilusión cuando comprobó que la evolución cultural, era inversamente proporcional al desarrollo tecnológico; cuanto más recursos técnicos tenían a su disposición los redactores, mayor era la cantidad de errores que el tenía que corregir ¿Dónde habían quedado aquellos viejos periodistas de prosa brillante y gramática pulida, que contrastaban las noticias y escribían con conocimiento de causa? Gozaba transcribiendo esos textos en su complicada máquina. ¡Qué épocas! Cuando descubría un error ortográfico era todo un acontecimiento. En cambio desde que la tecnología lo empujó desde la linotipia a la informática, el acontecimiento extraño era cuando en un texto no había errores ortográficos o gramaticales y las noticias se transformaron en panfletos tendenciosos.

“Anselmo Pardales”. La llamada del alguacil lo quitó de sus cavilaciones, se puso de pié y avanzó hacia la puerta acompañado de su custodio. Tomó el pañuelo que llevaba en el bolsillo posterior del pantalón, y con su mano temblorosa y húmeda, secó la transpiración que perlaba su calvicie y le goteaba por la frente. Trató de abrocharse la chaqueta, pero ese traje lo había comprado hacía muchos años, cuando la báscula aún no mostraba las abultadas cifras actuales. Pasó un dedo entre su cuello y el de la camisa, que lo estaba estrangulando, desabrochó el botón superior y ajustó el nudo de la corbata para disimularlo; el color azul de la misma no combinaba muy bien con su chaqueta marrón, pero era su corbata de la suerte y en esta ocasión la necesitaba más que nunca.

 Cuando entró en la sala de audiencias, sus piernas le temblaban, se sentó detrás de un pupitre en el que ya estaba su abogado, el cual le dijo que se tranquilizara, que su caso se iba a resolver de manera favorable y que no afectaría su reputación ni su honor. “Es que yo siempre fui respetuoso de las leyes y de mis obligaciones como ciudadano”, le comentó Anselmo. “Lo importante es que cuando lo llamen a declarar mantenga la calma, diga la verdad de los hechos, recuerde lo que hablamos durante el desayuno” contestó el letrado. “Pero si me hacen preguntas capciosas ¿Cómo respondo?” la angustia era evidente en la voz de Anselmo. “No se preocupe, en ese caso yo objetaré, quédese tranquilo y confíe en mi, le garantizo que lo voy a sacar de esta”.

Cuando el alguacil anunció la entrada del juez, todos los presentes se pusieron de pie; volvieron a sentarse sólo después de que lo hubiera hecho el magistrado. “El estado contra don Anselmo Pardales, por un delito de evasión de impuestos” proclamó el secretario del juzgado. “Llamo a declarar al acusado” dijo el fiscal. “Jura decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad” preguntó el secretario. “Lo juro” respondió Anselmo, a la vez que levantaba su mano derecha y apoyaba la izquierda en el voluminoso libro de la nueva constitución. “Puede sentarse” le indicó el secretario.

“Señor juez, la fiscalía intenta demostrar que, en el día de autos, el acusado ha actuado de forma dolosa para evadir sus obligaciones impositivas, a resultas de lo cual, el estado ha visto mermada su recaudación, la cual es imperiosamente necesaria para mantener la estructura administrativa, cuyo numeroso personal corre el riesgo de no percibir sus haberes, por causa de los evasores que perjudican el normal funcionamiento de la burocracia estatal”.

“Señor fiscal, por favor explique a la sala los detalles técnicos del impuesto que el acusado presuntamente ha evadido”

“Verá usted señoría, debido a que el impuesto al caminante hubo de ser suprimido, porque las personas dejaron de caminar a causa del mismo y por lo tanto al no gastar calzado, las ventas de zapatos descendieron, con lo cual las grandes corporaciones zapateras sufrieron cuantiosas pérdidas. De modo que no sólo no se logró recaudar en la medida esperada, sino que se perjudicó a una de las corporaciones afines al gobierno. Por lo tanto, nuestro consejo de ministros tuvo la brillante idea de instaurar el impuesto fecal; para lo cual, otra empresa afín al gobierno diseñó y fabricó inodoros con un sistema que cuantifica las deyecciones y calcula el impuesto en función del peso de las mismas, transmitiendo los datos a la central impositiva creada a tales efectos. Dichos inodoros han sido de instalación obligatoria en todos los hogares. He de hacer notar que desde la instauración del mencionado impuesto, se ha incrementado la recaudación, lo cual permite abonar los sueldo de los numerosos controladores e inspectores fecales, reclutados entre los miembros del partido de gobierno. Como usted puede apreciar, este impuesto ha creado nuevas fuentes de trabajo, además de los ingentes beneficios de las empresas afines al gobierno, involucradas en su recaudación”.

“Explique a la sala en que consiste el delito contra el fisco que ha cometido el acusado”.

“Don Anselmo Pardales, aquí presente, ha sido sorprendido en un terreno descampado defecando entre la maleza, con evidente intención de que sus excrementos no tributen el impuesto correspondiente”.

“Bien, señor fiscal, proceda a interrogar al acusado”.

“Señor Pardales ¿Es cierto que el día viernes 23 ha defecado usted entre la hierba para evadir el impuesto fecal?”.

“Es cierto que defequé entre una hierba alta, que me ocultaba en tan oprobiosa circunstancia, pero no fue con intención de evadir impuestos, el motivo ha sido una repentina diarrea, que apremió mis intestinos a una evacuación de urgencia; es algo que me suele suceder debido a mi enfermedad intestinal”.

“Es todo, gracias, puede retirarse. Llamo al estrado al inspector fecal Raimundez”.

“Secretario, alcance el frasco con la prueba número uno al inspector. Inspector Raimundez ¿Reconoce usted el contenido del frasco que le ha dado el señor secretario?”.

“Si señor fiscal, es el cagallón que he recogido del sitio donde defecó el acusado”.

“Con su experiencia de inspector fecal ¿Diría usted que son heces diarreicas?”.

“No señor, para nada, es un excremento normal”

“Gracias inspector, se puede retirar. Como puede apreciar su señoría, el argumento del acusado es completamente falso. He terminado”.

El abogado defensor puede pasar al estrado”.

“Llamo a declarar al veterinario don Jacinto Gramajo. ¿Puede identificar el contenido del frasco señalado como prueba uno?”

“Si señor, es un excremento de perro, la configuración, consistencia y el olor característico no deja lugar a dudas, si el juzgado desea invertir en una prueba de ADN lo podrán comprobar de manera fehaciente”.

“Gracias doctor Gramajo, puede retirarse. Si el señor juez lo desea, se puede enviar la muestra a un laboratorio para realizar la prueba que ha mencionado el señor veterinario”.

“No es necesario abogado, confío en la idoneidad del doctor Jacinto Gramajo como profesional competente”.

“Correcto, gracias, entonces llamo a declarar al inspector fecal Raimundez. ¿Revisó usted toda el área en la que halló la prueba número uno?”.

“No señor, había una zona de hierba muy alta en la cual no entré”.

“¿Podría haber heces diarreicas en esa zona?”.

“Si, es posible”.

“Gracias inspector, puede retirarse. Llamo a declarar a don Anselmo Pardales. ¿Con qué frecuencia tiene usted episodios de diarrea?”.

“Una o dos veces por semana, pero si me descuido en la dieta podrían ser mucho más frecuentes”.

“¿Cuál es el origen de esa diarrea y que tratamiento recibe. Tiene usted un informe clínico de su enfermedad?”.

“Tengo una inflamación del colon que impide la absorción de agua y provoca heces líquidas. El tratamiento consiste en dieta que evite la inflamación del intestino grueso. Aquí tengo el informe clínico”.

“Solicito que este informe sea incorporado al caso como prueba de la defensa”.

“Gracias don Anselmo, puede usted retirarse”.

“No, no puedo”.

“¿Por qué motivo?”.

“Me acabo de cagar encima”.

“Si, ya lo huelo. Su señoría, ante la evidencia de la enfermedad del acusado, queda claro que no hubo voluntad dolosa en su acto de evacuar entre la hierba, por lo que pido su absolución”.

“Todos en esta sala podemos oler los efectos de la enfermedad, por lo que declaro inocente a don Anselmo Pardales, al cual le solicito que se retire de esta sala lo antes posible. Se levanta la sesión. Llamen con urgencia al personal de limpieza”.

A la salida del juzgado, don Anselmo le comentó a su abogado, lo oportuna que había sido la diarrea que convenció al juez de su inocencia. A lo que el letrado le contestó: “Si, tan oportuna como el laxante que le puse a usted en el café con leche cuando desayunamos”.

© Rolo Graziano – 2019