El Amor

A partir del momento en que la vio por primera vez, le fue imposible quitarla de su cabeza. Ella estaba allí impávida y a la vez sugerente, su figura se destacaba entre las compañeras que tenía a su lado, su silueta esbelta, su elegancia, su clase. Su edad andaría por encima de las cuatro décadas, pero, una dama de alcurnia acentúa su prestancia con el paso del tiempo.

A partir de entonces, Fulgencio Agüero pasaba a diario por el establecimiento en el que estaba ella, siempre a la misma hora junto a sus compañeras. Se había convertido en una obsesión, sus pensamientos estaban poblados de imágenes, que persistían indelebles después de haberla visto, no podía evitarlo; se había enamorado. A sus setenta y dos años su corazón volvía a acelerarse cuando la veía, hacía tiempo que no tenía una sensación como esa, era algo hermoso, pero a su vez aterrador, algo que le producía una mezcla de felicidad y miedo.

No sabía cómo decírselo a su mujer, podría esconderlo, pero no, nunca le había ocultado nada; tendría que juntar coraje y afrontarlo. Sus dos hijos seguro que lo entenderían, pero su hija, sin duda estaría del lado de su madre; podría llegar a ser un cisma familiar. Lo pensó mejor y decidió que lo diría con los hechos consumados; además, aún no tenía la seguridad de que ella no estuviera comprometida y, si no lo estaba, tampoco tenía la certeza de poder acceder a ella, tal vez fuera demasiado para él. Si, era absurdo abrir la boca antes de tiempo, igual todo terminaba en un amor imposible.

Ese día tomó la determinación; al pasar otra vez por el establecimiento, verificó que ella estaba en su puesto de siempre y entró decidido a abordarla, se acercó con cierto recelo, pero al estar frente a frente, percibió la compenetración entre ambos. Ella no podía irse con él así como así, había que mantener las formas; Fulgencio fue hacia el mostrador que estaba al fondo del local y una vez que hubieron marchado los clientes, se acercó de nuevo a ella; al día siguiente pasaría a buscarla. Cuando salió a la calle, su felicidad no le cabía en el pecho; muchos pensarían que a su edad eso era una locura, pero su edad cronológica no importaba, en su corazón volvía a tener veinte años.

Al día siguiente fue a buscarla a la hora convenida, salieron juntos. No tardaron en llegar a un sitio donde pudieran dar rienda suelta a sus emociones, él la acarició, le habló con palabras suaves, la envolvió con sus piernas, extendió sus brazos y sus manos la tomaron con firmeza. Entonces ella se estremeció, quizá fuera el momento que ambos esperaban desde hacía mucho tiempo. Después, los dos comenzaron a vibrar al unísono, ella ronroneaba como una tigresa en celo, el la incitó más y ella respondió exhalando un gemido profundo que a él le provocó una excitación mayor aún. Ya estaban listos para recorrer ese camino que les produciría un placer insuperable. Para Fulgencio fue una experiencia que no había vivido desde hacía muchos años. Después de casi dos horas balanceándose juntos se complementaban cada vez mejor, al terminar, ella descansaba a su lado y él la miraba extasiado, sin duda eso era el amor.

Esa noche, cuando Fulgencio llegó a su casa, aún se emocionaba con lo que había vivido por la tarde. Con seguridad su alegría se reflejaba en su cara porque su mujer, que lo conocía al dedillo, ni bien verlo le preguntó porqué estaba tan feliz: “Mira que te conozco, algo te traes entre manos, a mi no me puedes engañar”. Bueno, el inexorable momento de la verdad por fin había llegado. Fulgencio tragó saliva, miró fijamente a su mujer y reuniendo coraje le dijo: “Me compré una Harley Davidson”.

© Rolo Graziano – 2019