Biografía

 

Nací en la ciudad de Buenos Aires, 46 días después del desembarco aliado en las playas de Normandía. Al menos eso me contaron, es lo que tiene nacer siendo tan joven, uno no se entera de nada. La próxima vez naceré a los seis años, a esa edad si que me acuerdo… Y cómo no me voy a acordar, si fue cuando me llevaron por primera vez al colegio. Cómo sería de malo ir al colegio, que te ponían una mortaja blanca igual que a los muertos. Aún recuerdo con angustia esos días de escuela, aunque con el tiempo me fui acostumbrando y  mas o menos a mitad de sexto grado, ya estaba totalmente adaptado a la vida estudiantil.

El colegio secundario fue mucho más llevadero, ya no tenía que usar la mortaja y pronto me enteré como maniobrar para no asistir a clase todos los días. De más está decir, que aprendí más de la vida en mis correrías por las calles, que en las aulas, pero mejor no entro en detalles. En ese entonces comencé con la música, dedicándome a la percusión; curiosamente, a nuestros vecinos también les gustaba y cada vez que empezaba a tocar, ellos me acompañaban golpeando las paredes.  Como quien no quiere la cosa, terminé el bachillerato y con él terminó la juerga, tenía que pensar en mi futuro, intenté tomarme un año sabático antes de decidirme, pero mis padres me pusieron entre la espada y la pared… Y elegí la espada.

Ingresé a la Escuela Naval como cadete de Infantería de Marina. Al principio fue duro, pero después… Siguió siendo duro. Es lo que hay en la vida militar, sobre todo siendo un bicho verde. El común de la gente iba a la playa con bañador, sombrero, gafas de sol, sombrilla y toalla… Nosotros llegábamos a las playas con uniforme de combate, botas, casco, fusil y granadas; debíamos cavar hoyos, arrastrarnos por la arena, pasar sobre alambres de espino, etc… No era algo muy placentero. Pero mucho peor, era ir a la playa como civiles; había que soportar a los niños gritando y esparciendo arena, las radios a todo volumen y los deportistas playeros, jugando al fútbol o a la paleta… Eso sí que era un suplicio. Así transcurrió mi vida entre libros, mapas, fusiles y demás parafernalia de combate. Hasta que, siendo Guardiamarina, me encontré con una situación, que para mi resultó intolerable. Dado que no podía cuestionar a los mandos, ni cambiar la doctrina militar imperante en esos momentos, decidí pedir la baja antes de graduarme.

El mismo año de irme de Marina, se despertó en mi la vocación de cuidar la salud de mis semejantes, por lo tanto, comencé a estudiar en la Facultad de Veterinaria. Me llevó seis años graduarme de Médico Veterinario, pero previamente me gradué de esposo, pues me casé antes de finalizar la carrera. Durante los dos últimos años de facultad trabajé como docente alumno de Fisiología. Aún no se había secado la tinta de mi diploma, cuando se me presentó la oportunidad de ir a trabajar a Venezuela. Y allá fuimos, con mi mujer llevando de contrabando en el útero, a nuestra primera hija, que decidió nacer en Caracas.

En Venezuela trabajé en un clínica para perros y gatos, especializándome en cardiología. El tiempo libre lo empleamos en recorrer playas, islas, selvas y montañas de ese hermoso país. Aprendí a bucear y me dediqué a correr rallye; comencé por mi cuenta… Mi cuenta corriente, que bajaba en forma alarmante con cada carrera. Luego, como piloto de una escudería Renault, mi cartera respiró aliviada. Después de ocho años regresamos a Argentina, de nuevo con una carga de contrabando en la barriga de mi mujer. Sin su consentimiento, llevamos a nuestro segundo hijo a nacer en Buenos Aires, si no le gustó que se aguante, al fin y al cabo somos sus padres, por lo que tuvo que obedecernos y nacer donde nosotros decidimos.

En Argentina centré mi actividad en cardiología veterinaria, como consultor de varias clínicas y formando parte de un equipo de investigación de una delegación de la O.M.S. que se dedicaba a enfermedades zoonóticas. En nuestro caso investigábamos la miocardiopatía producida por la enfermedad de Chagas. A su vez di varias conferencias y realicé algunas publicaciones relacionadas con cardiología veterinaria. En esa época obtuve mi licencia de piloto privado, aprender a pilotar aviones era una asignatura pendiente en mi plan de vida; volé todo lo que mi economía me permitió. Al cabo de ocho años, con el horizonte argentino muy turbio, a consecuencia de los gobiernos de ese país; volvimos a montarnos en un avión con rumbo a España, más concretamente a Galicia, de donde es oriunda mi mujer.

En Galicia continué trabajando en clínica de perros y gatos, al principio en relación de dependencia y posteriormente en mi propia empresa. Conjuntamente con mi actividad clínica, me dediqué a la programación de ordenadores, básicamente en temas relacionados con mi profesión. Realicé un programa de simulación para la docencia de Fisiología Cardíaca (tanto animal como humana). Un programa de gestión para mi clínica y otros proyectos en el área de la biología. También me tomé la música más en serio y estudié Armonía, Contrapunto e Improvisación, online en Berklee College of Music (Se pueden ver y oír algunas de mis partituras pulsando en el enlace de mi canal de YouTube, en la parte inferior de la página. Mediante el otro enlace se puede acceder a mi música en SoundCloud). Volví a los aviones, en este caso planeadores, pero no terminé el curso. El curso que sí terminé fue el de Patrón de Yate (previo PER, por supuesto) y durante siete años estuve navegando con mi barco por las rías gallegas, hasta que lo vendí. Como soy un culo inquieto y no puedo estar sin hacer otra cosa que trabajar, últimamente me dedico al tiro deportivo. Eso de agujerear cartones lo más cerca posible de su centro, es una actividad que tiene más que ver con la concentración mental y la relajación, que con la agresividad y excitación que habitualmente se asocia al uso de las armas.

A lo largo de todos estos años, he acumulado conocimientos, experiencias y lecturas, que han dejado huella en mis pensamientos y sembrado mi imaginación de ideas, con las que intentaré construir los muros que den forma a mis historias. No aspiro a edificar una catedral imperecedera, me conformo con un ranchito, en el que un lector pueda cobijar algunos momentos de ocio. No tengo otras pretensiones, sería absurdo que las tuviera; estoy cruzando desde la orilla de la ciencia, por la que estuve paseando toda la vida, hacia la tierra de las letras. Trataré de nadar hasta la rivera literaria sin ahogarme en el intento.